¿NO
ESCAPÓ NUNCA NADIE CON VIDA DE ALCATRAZ?
a
isla de Alcatraz es uno de los lugares más tristes del mundo,
situado en medio de una de las más grandes explosiones de belleza
que hay en nuestro planeta: la bahía de San Francisco. Se ha
convertido en un tópico la reflexión de que, en los veintinueve
años que en aquella isla funcionó la penitenciaría
federal (1934-1963), el mayor castigo que padecián los reclusos
era contemplar desde su encierro la admirable escenografía que
les rodeaba, tan asombrosa por la aportación de la naturaleza
como por los geniales añadidos de la mano del hombre.
La reflexión contraria no ha sido tan frecuente y repetida, y
es tanto o más obvia: que la única nota infausta de aquel
anfiteatro de hermosura y manificencia era una isla oscura, emergente
de un mar esplendoroso, donde se sabía que estaban padeciendo
centenares de seres humanos. Y padeciendo de veras, conviene añadir.
Hoy los turistas visitan las instalaciones intactas del penal de Alcatraz,
y el agobio y la depresión que sienten son casi tan abrumadores
como en la época de su funcionamiento.
Este abatimiento es acaso mayor que el que causaría una cárcel
sórdida, mugrienta, oscura, pues un inmueble de esta clase ejercer
una agresión -y por tanto, una acción- sobre el hombre,
y éste puede contestar a ella con alguna forma de respuesta,
desde la indignación hasta la elegía filosófica.
Por el contrario, unas instalaciones pulquérrimas, estudiadas
al milímetro, que no se proponen provocar nada a quien las usa,
le crean como un blanco silencio muerto, mucho más destructivo
que el convivir con ratas, goteras y telarañas. El visitante
de hoy, ha de añadir por su cuenta algunas notas sensoriales
que ahora faltan: los silbatos y los timbres que ritmaban las faenas
y deberes; el ruido de pisadas monótonas; el olorcillo espeso
de los comedores colectivos. No es fácil que se oyeran muchos
gritos e insultos, porque no hacían falta, y ello, además,
hubiera supuesto un grado de humanidad expresamente eludido.
La isla de Alcatraz tiene más o menos el doble de la superficie
de la Plaza Mayor de Madrid. Su entrada en la historia es todavía
más moderna que la de la propia bahía de San Francisco.
Ésta fue descubierta por Gaspar de Portolá en 1769, mucho
más tarde que las tierras adyacentes, porque los exploradores
españoles, por mucho que navegaron y reconocieron dichas aguas,
no acertaron a suponer que más allá de la estrecha boca
- el Golden Gate, o "puerta de oro" , de la actualidad- se
abría geneerosamente una de las más grandes bahías
del mundo, émula de las de Palma de Mallorca, Nápoles
y Sydney. Es precisamente la isla de Alcatraz la que, contemplada desde
el mar, propicia la impresión de cerrar la boca de la bahía,
haciéndola parecer suelo continuo.
Cuando aquella costa comenzó a ser reconocida y cartografiada,
se dio a la isla el nombre "de los alcatraces", porque en
ella anidaba de antiguo esa especie de pelícanos. El árido
y áspero peñón no tenía otra vida que ésta
y la de unos matojos de hierbas temerarias. Estuvo desierto hasta mediados
del siglo pasado, en que se construyo allí un faro. Luego el
ejercitó fortificó la isla, convirtiéndola en la
primera base militar que hubo en la costa norteamericana del Pacífico.
Se montaron en ella tres baterias de grueso calibre y se construyó
un acuartelamiento cuya estructura sería luego aprovechada para
levantar el penal. También cuidó el ejército de
abrir unos pozos y cisternas que asegurasen el abastecimiento de agua:
más tarde, aquellas obras dieron ocasión al rumor de que
en los subterráneos del penal había celdas secretas de
castigo, medio inundadas. Cuando quedó claro que la utilidad
artillera de la isla había quedado obsoleta los militares fueron
los primeros que le dieron aplicación penitenciaria.
La depresión económica de 1929 dió muchos quebraderos
de cabeza al gobierno de los Estados Unidos y a otros muchos entes colectivos
e individuales de todo el mundo, enfrentados al dilema de tener que
hacer frente a más problemas con menos dinero. El gangsterismo,
estimulado por la prohibición de alcohol y la difusión
de la delincuencia, generó un aumento enorme de la población
penal, a la vez que la peligrosidad media del preso subía de
punto: los delincuentes se habían profesionalizado y tecnificado
de modo alarmante, contaban con bandas de colaboradores en la calle
y eran mucho más difíciles de dominar dentro de las prisiones.
Abundaban en éstas las fugas, los motines y los homicidios. El
sacar a un gángster de la calle no resolvía a menudo el
problema, sino que lo trasladaba de lugar y lo aplazaba: el criminal
seguía armando gresca en la cárcel y acabaría por
fugarse cuando le apeteciera. Cuanto más peligroso fuera un delincuente
y más sanguinario su historial, mayores eran las probabilidades
de que se fugase de la prisión y de que dirigiera a su gusto
la vida de ésta mientras consintiera en vivir allí.
El Federal Bureau of Investigatión, o FBI, fue fundado en 1908
y desde 1924 lo dirigía J. Edgar Hoover, clamando siempre por
más medios y facultades. La alarma general provocada por aquella
impunidad escandalosa de los delincuentes actuó en favor de las
tesis de Hoover. A la altura de 1933 estaba en el apogeo de su carrera
criminal Jhon Dillinger, el cual organizó la fuga de diez antiguos
miembros de su banda que estaban encerrados en la cárcel de Indiana.
Unos meses más tarde, tres de los fuguitivos le devolvieron el
favor sacándole a él de la prisión y asesinando
a un sheriff por el camino. Dentro de la urgencia con que había
que poner coto a tanto desorden, se imponía la evidencia de que
hacía falta, ante todo, contar con un penal seguro e irreprochable
donde encerrar a criminales de tal calibre. La idea admitia incluso
una audaz propuesta: un penal donde estuvieran juntos los facinerosos
más temibles del país. J.Edgar Hoover, el fiscal general
Homer Cummings y el director de las cárceles federales Sanford
Bates, fueron perfilando esta idea y, hacia el año 1933, pensaban
ya en convertir los edificios de la isla de Alcatraz en aquella superprisión.
Comenzaron los trabajos de demolición de las estructuras militares
anteriores. De entrada, se gastaron en ferreteria 216.917 dólares
de la época, especialmente en celdas de máxima seguridad
fueron dotadas de puertas eléctricas. Se partió del criterio
de que los reclusos permanecieran encerradoss en edificios de toda garantía,
y no anduvieran sueltos por la isla, como habían estado los presos
militares de la etapa anterior.
La isla entera fue acondicionada, cerrando tuneles, tapando ventanas,
condenando galerías. Se determinó que dos bloques, el
B y el C, albergaran 174 celdas cada uno. El bloque D fue puesto en
funcionamiento más tarde como local de aislamiento. Se instaló
un sistema difusor de gases lacrimógenos, con puntos de salida
distribuidos por el suelo; se montaron detectores de metales en diversos
puntos de los recorridos que habían de seguir los presos; se
pusieron alambradas en torno a los talleres; se alzaron torres de vigilancia
dotadas de reflectores y barreras de alambrada espinosa en los perímetros
exteriores. Además, se contaba con dos barreras sumamente efectivas
contra las evasiones: las violentas corrientes marinas y la frialdad
de las aguas. Una tercera muralla actuaba más bien en el plano
de las fantasías terroríficas: la creencia den que había
tiburones que rondaban la isla. En realidad, ni hay ni deja de haber,
pero es rara la persona que desea aclararlo por su cuenta.
A todos estos elementos estructurales vino a añadirse un dispositivo
humano eficaz y cuidadoso. La cárcel de Alcatraz tuvo cuatro
alcaides entre 1934 y 1963. El primero, James Jhonston, dio la pauta.
Venía de dirigir otros dos penales célebres, el de San
Quintín y el de Folsom, y estaba convencido de que la tarea reclamaba
correción, dignidad espíritual, formalidad y esmero, en
atención a lo cual se propuso que los guardianes participaran
de esta escala de valores. De acuerdo con el gobierno federal, se estableció
en Alcatraz una norma de conducta tal que ningún privilegio era
nato, sino que tenía que ser ganado mediante la buena conducta
y podía ser cancelado por efecto de la mala - en especial, el
derecho a recibir una vez al mes la visita de dos personas de la familia-.
Habría en el penal una biblioteca aceptable, pero no prensa ni
aparatos de radio, ni forma de recreo privado alguno; no se entregarían
a los presos las cartas que les legasen , sino una copia a máquina
de las mismas; si los reclusos querián consultar a un abogado
tenían que pedirselo al fiscal general de Whasingthon. Cada recluso
ocupaba una celda y ésta tenía cosa de 1,5 metros de ancho,
por 2,7 de alto y 2,13 de largo con una reja frontal y tabiques a ambos
lados; una cama de acero con un colchón una mesa plegable y una
silla, dos estantes, un lavabo y un wáter.
Al principio, el alcaide Jhonston estableció que en las celdas
no se pudiera hablar, pero luego este veto fue levantado porque se comprobó
que era una de las penalidades más insoportables de la reclusión.
A la inversa, se percibió que, apenas de daba algún quehacer
a los presos, le dedicaban tanto esmero y orgullo que, a traves del
trabajo se fomentaba su reeducación y su esparcimiento. El caso
más conocido - y considerablemente maquillado por el cine- de
esta terapia de labor fue el de "hombre de los pájaros",
de quien no tardaremos en hablar.
En verando de 1934 comenzaron a llegar los primeros internos destinados
a Alcatraz. Desde el primer día, se aplicó el criterio
de que al superpenal no fuera enviado directamente ningún recluso.
Éstos habían de proceder de otras cárceles, en
razón de la especial peligrosidad de cada uno. Así, en
los demás establecimientos, constaba la advertencia de que el
organizar motines, promover fugas, causar agresiones y demás
enredos, traía consigo el castigo de ser trasladado a Alcatraz,
perspectiva verdaderamente aterradora. El más célebre
de los internos fue Al Capone, el cual llegó dentro de una expedición
de cincuenta y tres penados que habían estado en Atlanta y fueron
transportados en trenes especiales con precauciones alucinantes. Se
los podría denominar la primera promoción del penal.
Alcatraz había nacido de la obsesión por la seguridad
y la angustia porque no escapase jamás ningún preso con
éxito. Cada día del año se efectuaban trece recuentos
individuales, más otros seis de conjunto, aparte los que se ordenasen
de modo casual e imprevisto. Además de estos enfadosos controles,
el rigor y la monotónia del horario -que abarcaba desde las 6.30
de la mañana hasta las 21.30, con comidas a las 7, las 11.40
y a las 16.25- ayudaban a que surgiesen tensiones entre los presos.
Quedará como un misterio impenetrable de Alcatraz el de si se
infligieron allí castigos muy poderosos, además del temible
confinamiento en las celdas especiales cuyos detalles han quedado también
en las sombras. Consta solamente que en algunas celdas los presos estaban
encadenados al techo, rareza ésta que no se debía a ningún
refinamiento sádico, sino a que ciertas paredes no eran suficientemente
sólidas para clavar hierros.
La comida era el único capitulo gratp de la vida en Alcatraz,
junto con la exquisita higiene y limpieza. Incluso durante la guerra,
se mantuvo un nivel extraordinario de cocina, y se permitia que los
presos escogieran los platos dentro de un menú. Lo que estaba
severamente prohibido es que se dejaran la comida en el plato. Si lo
hacían, se les privaba de la comida siguiente.
Como cabe suponer, Al Capone quedó muy sorprendido de estas normas
, y de todas las demás, cuando llegó a Alcatraz. En su
primera comparecencia ante el alcaide Jhonston, Al Capone planteó
mil exigencias y tuvo que oír cómo le contestaban que
él seguiría el mismo régimen de todo el mundo,
cosa que no había ocurrido ni de lejos en sus anteriores encarcelamientos,
en los que disfrutaba de alfombras, teléfonos, amiguitas, oficinas
propias, música , radio y toda clase de comodidades.
La prisión de Al Capone iba a servir de prueba de fuego para
Alcatraz; corría el rumor, además, de que su banda se
esforzaría en libertarlo. Nada de esto ocurrió. Al Capone
fue destinado a trabajar en la lavandería y, cuando se advirtió
que despertaba allí demasiada expectación, se le trasladó
a la limpieza de los baños. Algunos reclusos se metieron a veces
con él, quiza para poder presumir de haberse peleado con figura
tan relevante, y uno le hirió con unas tijeras, produciéndole
lesiones leves.
Nada leves fueron, en cambio, los estragos que en el organismo de Al
Capone fue causando una sífilisis como una casa. Al principio
de serle diagnosticada, desdeñó el aviso y el tratamiento,
pero el 5 de febrero de 1938 dio muestras de confusión mental
y dificultades nerviosas de todo tipo. La prensa sensacionalista acusó
al régimen de Alcatraz de haberle enloquecido, y acaso esa misma
prensa se dejó sobornar para promover un ambiente general de
clemencia para con el célebre gángster. Se reseñaron
entonces sus indudables desvelos caritativos y benéficos, surgidos
de la emoción que le producía evocar su triste infancia
de inmigrado en Brooklyn. Por lo demás, no había sido
condenado por otra cosa que por evadir impuestos. Al Capone fue trasladado
a la enfermería y de ésta pasó a otros hospitales.
A medida que se fue acercando su final, el régimen de tales estancias
fue más libre y acabó permitiéndosele morir en
su casa de miami el 25 de enero de 1947.
No quedó nunca claro que Al Capone tuviera interés en
fugarse de Alcatraz, puesto que temía por su vida si llegaba
a la calle. Ya en otras ocasiones de su carrera, había procurado
ser recluido para quedar amparado contra las bandas enemigas. El otro
preso de Alcatraz que le sigue en celebridad tampoco manifestó
nunca ningún empeño en escapar de allí. Me refiero,
como se supone, al "hombre de los pájaros", Robert
Stroud, el cual pasó en la cárcel más de cincuenta
años de su vida. Y con toda justicia, dicho sea de paso, porque
su "curriculum" delictivo era impresionante: comprendía
el asesinato de un guardián de la cárcel, además
del homicidio que le había llevado a ésta, robos y atracos
en profusión, sazonados con ribetes sádicos y de componente
sexual desviado, de agravantes de toda clase y del uso del alcohol y
drogas , que siguió consumiendo entre rejas durante muchos años.
La cría de pájaros en su celda comenzó en la prisión
de Leawenworth, donde le cedieron otras dos vecinas para ir ampliando
sus instalaciones. En ellas llegó a tener trescientos pájaros,
con los cuales comerciaba. La dirección de la prisión
se disgustó con Stroud porque éste abusaba de la tolerancia
con que se miró su aficion, pasando cartas al exterior disimuladas
en las jaulas de los pájarosl Por si fuera poco, se había
montado en la celda toda una instalación destiladora de alcohol.
Cuando llegó a Alcatraz, Stroud había pasado de la afición
a la cría de pájaros a considerarse un experto en ornitología.
Leía y anotaba libros científicos, y hacia 1955 escribió
una autobiografía que tuvo mucho éxito y que dio pie a
una pelicula rosada y benévola , donde sólo se mostraban
los aspectos gratos de su persona y se exageraba considerablemente su
conocimiento científico de los pájaros. Éste no
rebasaba de los niveles técnicos de un hombre práctico
y cuidados aplicado a la crianza de aquéllos. Aun así,
Stroud llevó a término la redacción de un libro
sobre enfermedades de los canários y otro sobre las de los pájaros
en general que se han vendido bien y que son de utilidad.
Stroud murió en el año 1963, tras haber sido trasladado
a otros hospitales penitenciarios. Robert Kennedy era el fiscal general
y, al atender las peticiones que se le hacían de condederle la
libertad para que muriese en su casa , contestó: "¡
Pero si su casa es la cárcel!".
Ya hemos repetido que Alcatraz era una especie de monumento a la pretensión
de no permitir fuga ninguna. Sus planos y reglamentos estaban inspirados
por este criterio fundamental. Aun así, se reigistraron en sus
anales catorce intentos de fuga, de los cuales el décimotercero
fue probablemente el único afortunado. Los otros terminaron con
la captura de los fugitivos o la práctica evidencia de sus cadáveres.
Además del intento número 13- que detallaremos algo más-,
queda en pie, como un fantasma indefinido, la citada leyenda de que
en momentos de crispación algunos de los reclusos recibieran
tratos tan malos que les excitaban a emprender la ominosa tentativa
de fuga.
La prensa norteamericana recibió diversas denuncias de tales
atropellos, a veces muy detalladas: éste se pasó seis
semanas en los calabozos, aquél fue apaleado, el de más
allá fue rociado con gases, el otro está loco y encerrado
en una jaula. No son muy de fiar estas informaciones porque, en definitiva,
proceden de los presos mismos y éstos a menudo, tendián
a distorsionarlas.
Algunos estaban convencidos de que la suprema autoridad sobre ellos
era la de España, porque la fortaleza donde se encontraban perteneciá
de derecho a nuestro país. Con fundamentos de esta clase, cabía
esperar de muchos de los presos la conducta más extraña.
Con todo, los mencionados rumores fueron objeto de investigación
hacia 1939.
Dentro de los intentos de evasión, hay varios de estilo alocado
y desesperado, como lo fue el primero que hubo, el de Joseph Bowers,
el 27 de abril de 1936. Cumplía este preso una condena de veinticinco
años por un robo de 16,63 dólares. Había tenido
Bowers el desacierto de atracar una tiendecita de pueblo donde atendián
tambien el servicio de correos, razón por la que el delito adquirio
gravedad. El día de la fuga, Bowers escaló una alta alambrada,
le avisaron, le dispararon y cayó desde veinte metros de altura.
En el segundo intento, registrado el 16 de diciembre de 1937, los dos
fugitivos desaparecieron sin que se haya sabido nada de ellos. Eran
Ralph Roe y Theodore Cole, dos peligrosos delincuentes condenados a
penas de larga duración. Aprovecharón un dia de niebla
y probablemente llegaron al mar. Con todo, las mareas muy fuertes, las
aguas heladas y las corrientes vigorosas de aquel día, inclinan
a pensar que perecieron ahogados. Otros intentos de fuga fueron abortados
en el curso de tiroteos donde murieron algunos guardias y los fugitivos
fueron muertos o heridos, cuando no se rindieron y fueron objeto de
nuevas sentencias. Al ser juzgados de nuevo por los delitos implicados
en sus intentos de fuga, los acusados se defendieron incriminando las
condiciones de vida de Alcatraz. Hacia 1939 se procedió a alguna
reforma en las dependencias de aislamiento.
El intento de fuga más sangriento fue el décimo, ocurrido
el 2 de mayo de 1946. Fue obra de seis reclusos, tres de los cuales
resultaron muertos, al igual que dos guardianes. Fueron heridos además
otros diecisiete guardianes y un preso. Los dos restantes fueron ejecutados
luego por su participación en aquellas muertes. En el transcurso
de su tentativa, los fugitivos sotaron a cuantos presos pudieron y éstos
se hicieron fuertes en determinadas dependencias del penal, con tanto
ahínco que hubo que llamar al ejército y a los marines,
ademas de guardias de otras prisiones, para reducirles. Con este fin
fueron utilizados gases, granadas anticarro y cargas de demolición.
La llamada con toda justicia "batalla de Alcatraz" dio argumentos
a los críticos del penal y demostró que el mecanismos
del centro podía ser colapsado por los presos, en contra de todas
las premisas barajadas en su organización y funcionamiento.
El decimotercer intento, del 11 de junio de 1962, es el que dió
fundamento a una pelicula relativamente reciente, la cual especula con
las suerte que corrieron los tres fugitivosl Aunque la tesis oficial
es que perecieron en las aguas, consta que éstas no estaban tan
adversas como en el intento fracasado que antes hemos reseñado:
el mar estaba a doce grados y la corriente era moderada. Los protagonistas
fueron Frank Lee Morris y los hermanos John y Clarence Anglin, ladrones
de bancos. El relato cinematográfico saca simpático partido
del ingenioso artificio de la fuga. Los presos trabajaban en el taller
artístico de Alcatraz y eran hábiles pintores. Además
de sustituir con unos cartones pintados las rejas de los conductos de
ventilación por donde se fugaron, aquellos artistas fabricarón
tres cabezas de pasta, les dieron color y les pusieron cabello auténtico,
recogido de la barberia de Alcatraz. Las cabezas, colodadas en sus respectivas
camas, daban la impresión de que seguían en las mismas
cuando se efectuaron los recuentos. En el curso de esta evasión
, los presos sacaron partido de una serie de errores, descuidos y torpezas
de los guardianes y consta que llegaron hasta el mar Días después,
en el otro lado de la bahía, se encontró una cartera con
fotos familiares que se relacionó con uno de los fugitivos. Nada
más se ha sabido luego de ellos.
Esta evasión , más el intento fallido que se produciriá
el 14 de diciembre de 1962 -y que fue el último-, reavivó
la polémica sobre Alcatraz. Si además de propicio a los
jaleos, decián sus enemigos, resulta que el penal es vulnerable,¿para
qué sirve?. Para colmo de males, ocurría que la salinidad
del aire corroía las estructruras metálicas y hasta el
propio cemento, de fomra que hubiera obligado a una costosa reconstrucción.
El vecindario de la bahía protestaba también de que Alcatraz
fuera una fuente de residuos que desembocaban en el agua. En suma, durante
la gestión de Robert Kennedy en la fiscalía general de
los Estados Unidos, se adoptó la decisión de cerrar el
penal. Era el año de 1963. Más tarde recobraría
cierta notoriedad cuando se apoderó de él un grupo de
ecologistas y de valedores de los pieles rojas. En el momento presente,
se ha convertido en centro de curiosidad turística. Allí
se venden los materiales informativos que hemos resumido en esta miscelanea.
El último preso, Frank Watherman, al abandonar aquel lugar el
día 21 de marzo de 1963, comentó sentencioso: " Alcatraz
nunca hizo ningún bien a nadie".
HAXTUR